Hace años, joven como era y en vías de enfrentarme a la explotación vitícola heredada de la familia me dio en tomar contacto con las labores propias de la misma en el mes de febrero.
─ Lo mejor sería margullir uno de esos sarmientos –me dijo.
─ ¿Margullir? ─exclamé.
─Sí, margullir ─y se puso a la labor.
Aquel hombre ya viejo, me contaba como su abuelo había plantado todas aquellas cepas. Eché cuentas y tres generaciones atrás podían ser muchos años contando que él rondaba la provecta edad de ochenta añitos.
La Academia Canaria de la Lengua dice al respecto de margullir: meter bajo tierra un sarmiento largo sin separarlo del tronco, dejando fuera el extremo, para que la parte enterrada eche raíces y forme una nueva planta, acodar, y la sustituye por margullar, margullir me parece mejor. Hoy sé que margullendo cepas la nueva planta produce ese mismo año y es más efectivo como método para cubrir zonas con nuevas viñas.
Me resistía a usar dicho vocablo por inadecuado y rústico, más ya no. Es bello y antiguo. Hoy sé que Alonso Vázquez de Nava en 1603 daba unas tierra a medias en El Valle de Guerra con la condición de que para aumentar el viñedo se debían echar unos 200 margullones.
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